Imaginemos…

Que residimos en viviendas de un pequeño pueblo, barrio, urbanización o edificio de vecinos, todas unidas por un cable eléctrico que se extiende a lo largo de una zona más o menos grande que constituye la red de distribución (publica o de abonado) o alimentación en baja tensión (BT)  de la misma.

Que además tenemos un cierto nivel de organización a través de una comunidad de propietarios, una asociación de vecinos o del propio ayuntamiento que nos representa, con lo que es posible que entre todos nos podamos entender…..

… y que nos ponemos de acuerdo para instalar todos, o casi todos, pequeños generadores fotovoltaicos (FV) en los espacios ociosos de nuestra cubierta o en zona aledaña con los que abastecer, en parte, el consumo electrico habitual de nuestras viviendas y verter a la red de BT local aquella que no consumimos al instante.

Que además no tenemos que desembolsar nada para montar esta red de microgeneradores FV pues la misma se paga pignorando los potenciales ahorros eléctricos que se producen en cada uno de nuestros hogares.

Que todo esto lo hace, para que no haya líos, una empresa entendida que se hace cargo de TODO lo concerniente al estudio previo o auditoria energética, el proyecto, la instalación y mantenimiento de estos microgeneradores.

Pero que además pueda encargase de negociar mejores precios por el suministro eléctrico que llega al CT (centro de transformación MT/BT) con el proveedor (operador del sistema o distribuidor) que finalmente vamos a consumir cada uno de nosotros en nuestros hogares.

Que se puede encargar de todo el tema de facturación convirtiéndose en una referencia única para toda la comunidad acogida a este modelo que además (esta) participa a modo de consejera en la toma de decisiones.

Que además nos ofrece desde ya una reducción sustancial de la factura actual, como consecuencia de la repercusión que sobre el coste del suministro al que estamos habituados tiene la aportación (no consumo) que hace cada uno de los microgeneradores a la red común.

Que además conseguimos el sello de calidad medio ambiental, por lo que implica en la reducción de la huella del carbono (CO2), para nuestra vivienda, barrio, urbanización o pueblo con lo que supone de revalorización y repercusión práctica en el activo ecológico de la vivienda.

En definitiva que somos capaces de generar parte de nuestra demanda de energía eléctrica con fuente renovable, que además la generamos en proximidad, que la controlamos en comunidad, que potenciamos las calidad del medio ambiente y que lo compartimos con solaridad.

Pues bien esto que parece una utopía tiene un nombre y puede ser una realidad en muy poco tiempo. Algunas empresas ya se dedican a ello.

¡¡Aaah!!, y la migración a este modelo de comunidad de la energía puede generar mucho empleo en los próximos años…..

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