Bienvenidos al norte familia.

LA familia en el norteEfectivamente, como en la divertida comedia francesa, estas vacaciones la familia López-Peña Góngora pusimos rumbo al norte . Más concretamente nos dirigimos a Asturias.
Nos levantamos prontito el sábado 9 de Agosto, cargamos la furgoneta y cogimos la A6 con unas ganas locas por llegar a nuestro destino. Nuestros buenos amigos Carlos y Patricia nos habían prometido una suculenta fabada de recibimiento y, sinceramente, no se me ocurre mejor manera de llegar a un punto de encuentro. Así que pasadas las 14.00 horas atravesábamos la Cordillera Cantábrica con nuestros estómagos rugiendo de hambre y percibiendo el olor del “perolo” de fabes en la distancia.
Como en otra reciente película se cumplía el tópico también y, nada más pisar suelo asturiano, una fina lluvia nos dio la bienvenida ¡Qué gusto el norte! ¿O es Mordor?
La fabada y la tarta de queso casera compensó el madrugón de nuestro primer día de vacaciones. Además el sol apareció durante la comida y nos permitió disfrutar de las vistas desde La Paranza, una pequeña pedanía colgada sobre unas estribaciones montañosas cercanas a Langreo. Sólo quedaba sestear debajo de un manzano para cerrar las primeras horas en el paraíso.
La mañana siguiente arrancó con un poco de running por los parajes increíbles que rodeaban la casa. Recorrí estrechas y empinadas sendas, rodeado de pastos llenos de vacas y protegido del sol por frondosos árboles frutales que crecían rebosantes a cada lado. Desde luego se muere de hambre quien quiere en Asturias, es un tierra rica y viva.
A mediodía, coincidiendo justo con el inicio de la excursión planificada, el tiempo cambió. Subiendo a los Lagos de Covadonga las nubes oscurecieron el cielo y empezó a llover con intensidad. Además una niebla cerrada impidió que disfrutásemos del espectacular paisaje de pequeños lagos de montaña e imponentes formaciones rocosas rodeadas de pastos verdes. Así lo recordaba de mi infancia, cuando vine por primera vez, y tenía ganas de compartirlo con mi mujer e hijo, pero son los caprichos de la climatología de estas regiones.
SAlida de la mimaLa alternativa que nos quedaba al grupo era visitar las antiguas minas que se abrieron a cielo abierto, junto a los lagos, un siglo atrás. El entorno, con el frío y la humedad, era sobrecogedor. Parecía que estábamos en algunos de los paisajes descritos en los libros de Tolkien. Desde luego la gente de entonces tenía mucho mérito y estaba hecha de otra pasta porque las condiciones de trabajo eran realmente duras; galerías angostas siempre mojadas, frio, aislamiento, corrimientos de tierra….Todo un paraíso para cualquier inspector de trabajo.
Nuestro primer fin de semana concluyó cenando las sobras de la fabada del día anterior y con la lluvia aporreando las ventanas de nuestra casita de La Paranza. A la mañana siguiente nos esperaba las atractivas olas del Cantábrico en compañía de todo un especialista; Hugo, el “crack” de la Escuela Asturiana de Surf.
Llegamos a la Playa de San Antolín a las 9 de la mañana, con el tiempo justo para presentarme al que iba a ser mi instructor particular de Bodyboard los siguientes días, ponerme el neopreno y beberme un cafelito caliente. Llevo con esto del “corcho”, manera coloquial de nombrar a este divertido deporte de deslizamiento, unos 2 añitos y buscaba, de la mano de un profesional, los consejos esenciales para mejorar mi rendimiento en el agua. Así que con pocos preámbulos nos pegamos el primer chapuzón del verano. Tuvimos mucha actividad física (porque el mar acompañaba), cogimos algunas olas (unos mejor que otros) y disfrutamos de un mar agitado. Mi mujer mientras aguantaba pacientemente en la playa y mi hijo alucinaba también saltando las olas que morían en la orilla.
Por la tarde acudimos a nuestro apartamento rural reservado en la pequeña localidad de Pendueles. Un lugar tranquilo enclavado en la costa llanisca, con el atractivo histórico que le da un palacio arrasado durante la Guerra Civil por los bombardeos nacionales, alguna sidrería divertida para estar con niños y la cercanía a una de las playas más espectaculares que jamás haya visitado; la Playa de Cobijeru. Esta playa interior se formó por la erosión del frente costero gracias al empuje incesante de las olas del norte, ocasionando que el agua emergiera unos centenares de metros tierra adentro. Una mágica mancha de agua en medio del “pradu” y la foresta.

Playa cobijeru
Toda la jornada siguiente tuvimos la suerte de disfrutar de un sol brillante en el cielo. Asturias con luz cambia; el verde de los campos es de una intensidad desconocida para los habitantes de la meseta, el azul del cielo es más profundo que en el centro de la Península, y, en general, todo desborda vida. Uno de los momentos más impactante de este viaje fue la posibilidad de coger unas olitas contemplando al fondo las primeras estribaciones montañosas de los Picos de Europa. Un momento irrepetible de los que se guardan en el disco duro de nuestra cabeza.
Francamente agradable también fue la visita de Willy y Maialen. Disfrutamos de un paseo vespertino por Llanes donde visitamos el colorido espigón del puerto engalanado por Ibarrola, el casco histórico de la localidad y las atracciones de feria de toda la vida para que mi Matías se explayase. Terminamos el día en un coqueto restaurante integrado en la vieja muralla, degustando unas sidras y unos cachopos bien acompañados.Cabreo en la sidreria
Los días transcurrieron con la misma deliciosa rutina; nos levantábamos pronto por la mañana en nuestro pequeño pueblo, desayunábamos productos típicos locales, como las magdalenas de Pendueles bañadas en leche fresca, y después cogíamos la furgoneta e íbamos a la playa. Tras unas horitas de deporte, ya sólo porque Hugo se rompió una costilla saltando en una ola, comíamos en la playa donde reposábamos hasta media tarde. Por la tarde retornábamos a Llanes, que terminamos conociéndolo perfectamente. Tuvimos además la suerte de coincidir un día con una actuación callejera de la batucada Samba da Rua que estaba allí por las fiestas locales. Impresionante la percusión en directo por el casco histórico, parecía que las viejas piedras vibraban al son de los tambores….Y más sidra y chocolate caliente en el puerto al atardecer. El estómago rugía constantemente.
El punto de inflexión y cambio en nuestro viaje lo marcó la celebración de la “jornada de las paellas asturianas”; una deliciosa competición familiar en la cual las distintas casas del valle luchan por llevarse el título honorífico al mejor arroz. Dicha festividad se celebra siempre el fin de semana segundo del mes de agosto. Después de unos días inolvidables por las costas llaniscas tocaba dirigimos hacia el interior de la región.
VIsita a CovadongaParada previa a nuestra llegada a Infiesto fue la visita al Santuario de Covadonda, donde se cuentan muchas leyendas sobre la Virgen María, Pelayo y la Reconquista…Desde luego es un lugar único en el mundo, como lo son el Ganges a su paso por Benarés, Tulum o Éfeso. Puntos geográficos llenos de magia, donde todo pudo ocurrir como se cuenta.
Por la tarde llegamos a nuestro destino. Habíamos quedado con Fátima, la novia de mi primo Emilio, para subir juntos hasta el punto de recogida. Para acceder a la cabaña de este se necesita un vehículo 4×4. Las pendientes que hay que superar, cubiertas de roca suelta y socavones, son demasiado para mi Renault. Así que una vez hecho el transbordo entre vehículos de equipajes, niño y provisiones, llegamos a la cálida cabaña. Mi tío Jose, y su mujer Mayi, nos esperaban con la chimenea encendida y una suculenta merienda. Matías estaba feliz en su nueva casa de las montañas.

Casa del tio Jose
Y por fin llegamos a la archiconocida jornada de las paellas junto al río. Previamente al festín quise hacer algo de ejercicio así que me levanté prontito, desayuné contemplando el bello paisaje, me calce mis Brooks y troté durante un par de horas por la zona. Al igual que en La Paranza, disfruté del entorno más privilegiado; granjas, animales en los prados, riachuelos de aguas claras y el aire más fresco que uno podía respirar.
Sobre las 13 horas llegué al prado donde ya esperaban algunos familiares. Me pegué un baño revitalizante con mi hijo en las gélidas aguas que bajaban del monte y empezamos el festival; primero degustamos unos entrantes a base de chorizos picantes del valle, queso azul, pan de pueblo y vinos varios del sur de la Cordillera Cantábrica. Después llegaron el turno de los arroces con una deliciosa paella valenciana aderezada con un poquito de chorizo picante, una sabrosa fideua muy marinera y con el exótico arroz asiático estilo indio elaborado por los integrantes de mi cabaña. De postre la tradicional tarta de queso asturiana y mucha ginebra.
Con los buches más que llenos unos se dedicaron a jugar al mus sobre el puente, otros nos dimos al frenético baile y los más somnolientos sestearon sobre la hierba aprovechando los últimos rayos de sol sobre el valle.
Así se fue el día, cada uno recogiéndose a sus respectivas cabañas para dedicarle tiempo a la tertulia cerca de la lumbre. Nada de cena, sólo unas gotines (orujo casero) para calentar el cuerpo antes de irnos a la cama y algo de ganja para liberar la mente.
Fui el primero en amanecer a la mañana siguiente. Con cierta apetencia masoquista volví a calzarme mis zapatillas de correr, me tomé un plátano y me lance a conquista del Picachu, la cima cercana a casa de mi tío Jose. Dura la subida, un desnivel acusado, surcos formados por el agua, barro y piedra suelta. Es extenuante correr por pleno monte, pero sirve magníficamente para coger potencia en las piernas.
Unas horitas más tardes, ya bien desayunados y con un equipaje mínimo, quedamos todos los primos en el centro de Infiesto. Bajábamos a la civilización porque la tarde anterior decidimos pasar una jornada de playa pernotando en alguna localidad costera. El destino elegido fue Ribadesella, una animada localidad, pegada al Cantábrico e internacionalmente conocida por la fiesta de la piragua del Descenso del Sella. Meca también de otros deportes de aventura como la escalada o la espeleología.

Primada
La mañana la pasamos achicharrándonos en la Playa de la Vega. Toda la primada llevamos bocatas y cervezas para pasar el día en tan hermos punto. Como en todo grupo variado, y con gustos distintos, unos se dedicaron a descansar sobre la arena, mientras otros paseaban o se dedicaban a hacer deporte entre las olas. Tuvimos la suerte además de disfrutar del día más caluroso de nuestra vacaciones. Todo un respiro para mi mujer que estaba “fascinada” con los veraneos en el norte.

RunningY como en la familia nos gusta mucho darnos a las bebidas espirituosas, después de comer nos fuimos a una terraza próxima a tomarnos un gin tonic mientras bajaba un poquito el sol.
Por la noche se separó el grupo. Mientras una parte de la familia retornaba a las cabañas del valle y la otra nos quedamos para disfrutar de la vida nocturna de Ribadesella. Pero no acabamos de tener suerte; tal cual nos instalamos en un bonito hostal a las afueras del concejo, empezó a caer una suave lluvia que nos acompañó hasta la mañana siguiente. Así que después de ducharnos y vaguear un poco en las respectivas habitaciones, acudimos en tropel a una sidrería del casco histórico a seguir comiendo; cachopos, tostas de erizo de mar, ensalada con los productos de la tierra, sidra, vino y postres variados. Todo en cantidad y deliciosamente elaborado.
Desgraciadamente estábamos apurando nuestros últimos días en el norte. Mi mujer y yo teníamos además la intención de visitar, si la climatología acompañaba, la reserva natural de Cabárceno. Así que los últimos días estuvimos tranquilos en nuestra cabaña, disfrutando de la familia, pegándonos los últimos homenajes culinarios, paseando por rutas pérdidas a pie o usando potentes vehículos 4×4 para descubrir otras cabañas y sus moradores.
Ascenso con MatiasCerramos el periplo con las dos últimas fiestas. La primera, como inauguración, en la cabaña López-Peña Fernández; el poder de la familia se expandía por el valle. El último, con otra paella, en casa de mi tío Pepe para dar la bienvenida a Tascha, la futura mujer de mi primo Álvaro.
El tiempo siguió sin darnos tregua. La última etapa de nuestro viaja a Cantabria la tuvimos que suspender. Pretendíamos llevar al crío a ver animales en un entorno natural como Cabárceno, pero con lluvia no merecía la pena. Así que con mucho pesar pusimos rumbo a Madrid después de 14 días por el norte. Tocaba poner lavadoras y preparar la entrada de Matías al colegio. Otra aventura se dibujaba ya en el horizonte…

La aventura continua

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