La cima del norte de Africa: Toubkal, la leyenda.

Jornada primera

Marraketch nos recibió con un tiempo sorprendentemente fresco para tratarse de Junio. Era de agradecer teniendo en cuenta las altas temperaturas que pueden alcanzarse en este punto del mapa durante los meses de verano.

Los trámites aeroportuarios fueron bastante rápidos y, puntual como un “suizo”, nuestro amigo Hassan nos estaba esperando en la salida de pasajeros con un cartelito en la mano.

– Salam Aleikun, bienvenidos a Marruecos – nos dijo sonriente.

El cambio de moneda lo realizamos también en pocos minutos en una de las muchas oficinas bancarias que existen en la terminal e instantes después ya sorteábamos el caótico tráfico de las afueras de la urbe con el poderosos 4×4 de nuestro anfitrión berebere.

A dos horas de camino llegamos a Imlil, última población importante del valle del Jebel Toubkal, donde nos paramos a tomarnos el primero de los muchos té morunos que bebimos en nuestra aventura y a degustar una deliciosa Omelet Berebere.

Con los estómagos saciados con la exquisita comida tradicional del valle, cerramos el tema del guía de montaña que nos acompañaría hasta la cumbre y la mula de carga que transportaría nuestros víveres durante el ascenso.

Sinceramente opino no es necesario darse este lujo; pero los precios no son caros, conviertes el camino en un trayecto más cómodo para la espalda y, sobre todo, contribuyes al desarrollo de esta gente dándoles un sustento.

Atardecía en el corazón del Atlas cuando llegamos a casa de Hassam; última comodidad antes de iniciar el ascenso a la cumbre más alta del norte de África. Esta se encuentra en un hermoso pueblecito llamado Aroum, rodeado de campos de cultivo y árboles frutales. Un auténtico vergel, lleno de los olores y colores propios de los pueblos que todavía viven del campo, de la montaña, del clima…Around

Pepo y yo decidimos apurar las últimas horas de luz dándonos un paseo por este típico asentamiento berebere. La arquitectura es bastante singular, no responde a un patrón fijo. Las casas se construyen con todo tipo de material, aunque por fuera se recubren con un una especia de adobe que las confiere el característico color pardusco de la zona.  No existen calles, sólo estrechos pasillos polvorientos donde se mezclan las boñigas de burro, el heno desparramado y bastante basura. Por supuesto el alumbrado publico también es escaso; unas pocas farolas desperdigadas por rincones estratégicos y el resto de la iluminación depende de las viviendas particulares, que muchas veces carecen de electricidad.

En todos los lugares hay diferencias de clases y a nuestro amigo Hassan el negocio de la montaña no debía irle nada mal. Él y su familia poseían las casas y los vehículos más impresionantes de todo el asentamiento. Era el auténtico patrón del lugar, un «corleone» berebere…

Durante el agradable paseo vespertino hicimos amistad con una pareja oscense que también  pretendía acometer el ascenso de Toubkal a la mañana siguiente. Llevaban programado el mismo itinerario pero con distintos horarios. Estábamos convencidos de que coincidiríamos en la subida, así que nos citamos en los 4000 metros.

Esa noche no dio para más. Un suculento couscous de cordero y a descansar en las mullidas camas de la casa de Hassan. Personalmente lo necesitaba mucho; desde el nacimiento de mi hijo no había descansado 7 horas seguidas en mucho tiempo.

Jornada segunda

 Nos despertaron los gallos de la familia de nuestro huésped ¡Da gusto no tener que hacerlo con la alarma de un móvil pegada la cabeza! Así que nos pegamos una fría ducha para espabilarnos, desayunamos de maravilla y preparamos los macutos con lo que querí­amos llevar a la cumbre.

Nos sobró la mitad del material de alta montaña que transportábamos desde España. Por «pringado» y no informarme de las condiciones del ascenso, llevamos hasta la base del Toubkal crampones y piolets que son completamente innecesarios  en esta época del año. Así que abandonamos temporalmente estos útiles en casa de nuestro amigo.

salida aroundA las 8 de la mañana iniciamos el ascenso al pico. La ruta partía desde las mismas terrazas donde se cultivaba en el pueblo.  Abandonamos los campos cargados de vida y agua para adentrarnos en un duro y caliente secarral.

Desde la misma salida nuestro guía Ibrahim, y el mulero con su animal, marcaron un ritmo de ascenso realmente elevado. Acostumbrados como están a esta senda recorrida en infinidad de ocasiones, no hicieron concesión alguna a nuestras piernas y se perdieron en el vasto roquedal que se extendía ante nuestros ojos. Sólo rocas, polvo y las manchas verdes de los matorrales y pastos de alta montaña. En lo profundo del valle, todavía vivo por la aportación de agua de los neveros, serpenteaba un río  donde acudían los rebaños de cabras a saciar su sed.

A  lo largo del recorrido de ascenso al Toubkal, y como ocurren en otras cimas, han proliferado pequeños puntos de avituallamiento gestionados por los lugareños. Aquí puedes disfrutar desde un refrescante jugo de naranja natural, comprar un refresco o gastarte los dirhams en artesanía local.un alto en el camino

Contra todo nuestro pronóstico, y gracias al fuerte ritmo impuesto desde la salida, llegamos al refugio a media mañana; mucho antes de lo que teníamos pensado. Entonces surgieron las dudas sobre lo qué hacer. Se planteó la opción de continuar hasta hacer cumbre en el mismo día, con el sol rompiéndonos las cabezas, o seguir el plan original de quedarnos en el refugio y hacer cumbre a la mañana siguiente temprano. Decidimos esto último, tampoco teníamos prisa.

refugio

Pero transcurrían las horas a 3000 metros de altitud, rodeados de guías y alpinistas que dormitaban a la sombra, y nos aburríamos como ostras. Un té, otro… Alguna cabezada corta en habitaciones mal olientes. Realmente no sabíamos ya qué hacer y cómo matar el tiempo.

“¿Te imaginas poder jugar un mus?”– soñaba Pepo en alto.

Y sus deseos casi se convirtieron en realidad porque con paso alegre y decidido, observamos desde la sombra, como recorrían los últimos metros un grupo de tres mujeres españolas y un rubicundo extranjero. Las presentaciones formales nos llevaron a conocer a unas avezadas montañeras canarias y a su joven acompañante holandés que estaba recorriendo el norte de África en Vespa. Increíble…

No hubo mus porque al final nos interesó más contarnos las historias de nuestras vidas. Pero pasamos un rato magnífico «tirados” sobre los sillones del refugio ante la atónita mirada  de los locales que se maravillaron con las estruendosas isleñas.el grupo de ascenso

Y así transcurrieron las horas hasta que nos metimos en las literas de una habitación común compartida con otros montañeros. Queríamos descansar un poco antes de iniciar la subida al pico a las 4 de la mañana, una hora magnífica para evitar los calores africanos en la cima del Toubkal.

Jornada tercera

Era noche cerrada cuando el grupo acometió las primeras rampas de ascenso. El desnivel en estos primeros metros es brutal y el grupo en seguida se partió en dos; por un lado los chicos, con el guía, y unos cien metros atrás las montañeras.

Superamos el primer trecho en sólo 1 hora de tiempo. Por el camino adelantamos a un grupo de escoceses que habían salido del refugio con media hora de antelación. Me sorprendió negativamente en este grupo de aficionados a la montaña lo poco preparados que iban para tratar de llegar  al pico. Los meses estivales son realmente cómodos para ascender el Toubkal, pero hay un mínimo. Marchaban sin ropa de abrigo, sin protección frente al potente sol, con calzado malo… Todo era un cúmulo de despropósitos. No me extraña que ocurran desgracias en la montaña.

El segundo tramo de subida se hizo mucho más agradable; la pendiente se suavizó y los primeros rayos de sol mostraron la belleza singular de nuestro entorno. Nos encontrábamos casi a 4000 metros de altitud, rodeados de altas paredes rocosas en cuyas zonas de sombra todavía se podía contemplar rastros de nieve.

A esta altitud la ausencia de vegetación es total, salvo algunos matorrales y los líquenes que pintan las piedras con variedad de tonalidades. Un toque de color en medio de la monocromía de las zonas rocosas.

En los últimos metros de ascenso se mezclaron sensaciones dispares; por un lado sientes el lógico agotamiento de las dos jornadas en ruta, y quieres que se acabe el “sufrimiento”, pero por otra parte te embarga una tremenda alegría de estar en la cumbre más alta del norte de África.  Esas ultimas zancadas, ese instante, no quieres que termine nunca.

Pero la recompensa merece la pena. La panorámica de los Atlas, con sus altas cumbres y  profundos valles, quita el aliento. Gigantes de roca que cobijan muchos pueblos y que sirve de barrera frente al mar de abrasadora arena que se extiende al otro lado. Esto es el Toubkal.los primos a la conquista

Estando todos reunidos en el pico, absortos por la belleza del lugar, nuestro amigo holandés se arrancó con un comentario lleno de gracia y cargado de realidad. Era la guinda del pastel:

–   “¿Os dais cuenta que en estos momentos somos las personas más altas del norte de África? –

El descenso se hizo más duro todavía. La inclinada pendiente y las rocas sueltas comprometían cada uno de nuestros pasos. Hubo más de un revolcón, aunque sin consecuencias.

Me sorprendieron las chicas canarias por su fortaleza; fueron capaces de descender hasta el refugio, junto con el guía, corriendo. Es realmente duro realizar esto pero ellas venían de correr trails en las islas y estaban muy acostumbradas a este tipo de descensos. Así que en esta ocasión nos tuvieron que esperar un buen rato.

Casi 12 horas después de haber iniciado el ascenso a la cumbre, con un suculento almuerzo entre medias durante el descenso y tras despedirnos efusivamente de nuestros compañeros de aventura, Pepo y yo llegamos nuevamente a casa de Hassam. Estábamos exhaustos y abrasados . El último trecho lo hicimos con el sol golpeándonos sobre las espaldas y soportando temperaturas realmente elevadas. Así que tomamos nuestra segunda ducha desde que aterrizamos en Marruecos y nos desplomamos un rato largo sobre las confortables camas de la casa.

Por la noche, cuando el frío relente entraba por la ventana de la habitación, nos despertaron nuestros anfitriones para compartir un último couscous sentados en el jardín de la casa. Compartimos plato, té y las anécdotas que nos había deparado el ascenso al pico más alto del norte de África. A la mañana siguiente nos esperaba la vibrante ciudad de Marraketch.

Marraketch

AceiteA primera hora de la mañana, previa parada en una cooperativa para que nos “doblaran” comprando aceite de Argán, llegamos al centro de la ciudad. Y nos recibió tal cual es; una plaza Djemmna El- Fná abarrotada de la gente más variopinta. Sobre el abrasador asfalto convivían los turistas con los locales. Unos buscando negocio y los otros siendo engañados por todo tipo de vendedores ambulantes, encantadores de animales, “dispensadores” de zumos de naranja y buscavidas en general. Nosotros no fuimos la excepción; dos europeos con macutos eran todo una tentación. ¿Hachis?¿Zumo fresco? ¿Foto king cobra?…Era importante sacudirnos esa carga y dejar los bultos organizados para enfrentarnos a la ciudad, así que el Hotel Alí se convirtió en nuestra fortaleza.

Tuvimos bastante mala suerte con la primera habitación que nos tocó. Estaba justo encima de un punto de alquiler de motos de pequeña cilindradas que abría las 24 horas, y al lado de una mezquita atestada de  altavoces empleados por el muecín para llamar a la oración.

Inmediatamente después de dejar los macutos salimos disparados hacia la plaza y el Zoco para buscar un puesto callejero donde comer barato, y encontramos el peor tenderete de todos. El aspecto deplorable, el cocinero parecía un carcelero y nuestra mesa al sol era toda una tortura. Pero el cordero con legumbres era otra exquisitez ¡Cuánto tiene que ofrecer Marruecos en cada unos de sus platos!

La tarde la dedicamos a esa vorágine loca que es comprar en pleno Zoco; calles atestadas de  vociferantes vendedores que convierten cada compra en una batalla de precios. Es su cultura y seguro que siempre ganan. Teníamos a nuestro favor la escasez de dinero con la que contábamos, así que el “roto” fue mínimo y pudimos comprar todos los regalos que teníamos pendientes para la familia.

Cerramos el día con una cena en un magnífico restaurante italiano. Degustamos unas excelentes pizzas de masa fina con un refresco mientras contemplábamos la creciente actividad nocturna que se desarrollaba abajo en la plaza.

Plaza Marraketch

La mañana siguiente comenzó con una experiencia no apta para narices sensibles; fuimos a visitar los típicos talleres de curtido de piel. No sé cómo de  didáctico resulta, porque tampoco hay mucho que enseñar, pero lo que no se te olvidará jamás son los olores de las balsas donde trabajan los curtidores. Una peste proveniente de la piel muerta de los animales, el amoniaco de las cagadas de las palomas utilizadas para blanquear el material, la acción del abrasador sol…Pero de ese infierno para los sentidos sale la marroquinería más hermosa

Por la tarde continuamos nuestra tortura particular viendo el partido Francia vs España de octavos de final de la Eurocopa. Teníamos serias dudas sobre la acogida que tendrían dos hinchas españoles en el bar donde nos disponíamos a ver el partido, pero sorprendentemente el marroquí prefería la victoria del combinado español frente a los galos. Por suerte pasamos.

Pero a pesar de estar contentos por la victoria no pudimos celebrarlo. Es las escasas dos horas que nos demoramos viendo el partido, se formó una tormenta de viento caliente y arena que convirtió la ciudad en un auténtico horno. No se podía pasear. La atmósfera era asfixiante y las partículas arrastradas por el viento te golpeaban con fuerza, te quemaban la piel y convertía tus ojos en un mar de lágrimas por el picor.

Y así nos despedimos de Marraketch, sufriéndola en sus calles calientes y atestadas de buscavidas, pero siempre misteriosamente encantadora….

 La cima del norte

Esta entrada fue publicada en Más viajes. Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *