Un viaje por las Alpujarras almerienses.

Cuesta mucho llegar a Padules, pero tras superar las innumerables curvas que llevan al puerto de la Ragua, las Alpujarras almerienses se extendían finalmente bajo el morro de nuestro coche.

Mi padre, como siempre acordamos antes de llegar, nos estaba esperando en la entrada de la finca con su vieja carretilla de obra. Estaba fuerte, con la piel curtida por el sol y con una barba sorprendentemente corta para lo que es habitual en él. Se había puesto elegante para la visita.

– ¡¡¡Chavales, que ilusión teneros por aquí – exclamó mientras nos abrazaba como un viejo grizzly. – Tengo en la casa un perolo de bacalao con espinacas que quita el hipo.

Bajamos la empinada pendiente que lleva al cortijo, ayudándonos de la mencionada carretilla para portear las mochilas, contemplando unas montañas generosamente cubiertas de vegetación (que poco tiempo más duraría) y en cuyas estribaciones más elevadas todavía resistían algunos neveros desde el invierno.

El suculento potaje, y el vino casero de la zona, nos amarró a las sillas durante un par de horas de entretenida sobremesa. Tras la charla mi padre nos llevó a recorrer los rincones más inaccesibles del cortijo; arrastrándonos entre los matorrales, escalando cortados de arcillas endurecidas por la acción del sol y apartando las altas cañas que crecían junto a los regatos de agua que recorrían el terreno. Un poco de adrenalina antes de irnos de tapeo por el pueblo…Sí, otra vez comer.

En esta ocasión probamos las contundentes y afamadas croquetas de un pequeño establecimiento local que parece se está haciendo de oro con el tema. Te ponían un par de ellas de tapa con el vinito de la tierra. Tres ronditas y sales rodando del bar, como otra oronda croqueta.

A la mañana siguiente mi primo Willy nos propuso la magnífica idea de pasar el día en la costa, comer junto al Mar Mediterráneo y después, gracias a la hospitalidad de Cuchi (gran amigo de mi padre), darnos un paseo por una parte del litoral de Cabo de Gata.

Así que llegamos un par de horitas antes de comer para pasear por las abarrotadas callejuelas de Aguamarga. Matías, mi hijo, aprovechó para darse también su primera zambullida del año en unas aguas realmente gélidas.  Un auténtico valiente.

Así paso el tiempo hasta que nos sentamos en un agradable chiringuito playero donde nos dieron de comer sorprendentemente bien; gazpacho, pulpo a la brasa, salmonetes, alioli…..Todo mirando al mar Mediterraneo.

Por la tarde acudimos hasta el cercano puerto de Carboneras, donde habíamos quedado con Cuchi , para embarcarnos en su pequeña motora y poner rumbo sur hacia Las Negras. Unas millas más adelante fondeamos en la “Cala de la Tía Pura”, como yo la conozco de mi adolescencia; un hermoso paraje ocupado durante todo el año por una pequeña comunidad de vecinos hippies que disfrutan de este micro mundo sostenible. Los meses estivales se colapsa de visitantes foráneos que, en muchas ocasiones, no aportan más que basura, ruido e intranquilidad.

Nuestro día terminó con una lenta navegación hacia el puerto de partida, bien abrigados sobre la cubierta del barco, mientras las sombras de los acantilados se alargaban sobre un Mar Mediterraneo todavía poco transitado.

Nuestro último día lo dedicamos a visitar el nacimiento del Río Beires; un agradable paseo de escasos 2 kilómetros perfectamente accesible para los críos también. Comienza un poco duro, por las empinadas rampas del pueblo, para dar paso posteriormente a un recorrido cómodo entre los bancales donde crecen los olivos y los almendros. El comienzo del río es un tranquilo paraje, si tienes la suerte de que no esté colonizado por domingueros, donde puedes refrescarte y comer algo sintiendo el pulso habitual de las Alpujarras.

La despedida fue tranquila, como todo en esta región, regada con buenos vinos,  acompañadas de buenas tapas y en la mejor de las compañías.

ALPUJARRAS

Acerca de Nico

"Regozijaos en vuestra juventud" Eclesiastes.
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